Cuando el intestino pierde su capacidad de mantener un movimiento saludable, crea un entorno en el que prosperan las bacterias dañinas, lo que conduce a un desequilibrio del microbioma, o SIBO, y a una acumulación de desechos tóxicos.
Este desequilibrio del microbioma suele pasar desapercibido en los exámenes de salud estándar, pero, sin darnos cuenta, drena silenciosamente la energía, la vitalidad y la salud. Estas bacterias producen gas metano y envían señales al cerebro para que comamos en exceso, alimentando así a sus colonias y ralentizando la digestión.
Sus productos de desecho vuelven a ingresar al torrente sanguíneo, lo que provoca fatiga, inflamación y aumento de peso inexplicable, al tiempo que ralentiza aún más la digestión y causa la acumulación de materia fecal en el colon.